Se cumple un año del taller de intimidad masculina que realicé en Málaga, justo antes del inicio de la pandemia. La idea era continuar estos talleres, y finalizar con un retiro en la naturaleza. Parece que este año va a ser posible este programa, realizando los talleres desde casa online y el retiro presencialmente.

Esto me ayuda a escribir sobre sexualidad, sexo, mitos, tabúes… algo muy necesario para normalizar el sexo y vivirlo de forma natural, consciente y conectado al corazón.
Ya he escrito sobre la rutina o el desamor, la intimidad en la pareja o el sexo como adicción, y en esta etapa me apetece escribir y compartir mis aprendizajes acerca de la sexualidad masculina. Me propongo pues a dedicar varios artículos a este tema, a los mitos, a la ignorancia, a los tabúes y temores, a la salud y, como no, a la consciencia.

A modo de introducción voy a repasar algunos aspectos que considero relevantes:

Nadie nos enseña (excepto el porno)

Una experiencia que parece repetirse en la llegada del sexo a los chavales es la ausencia de una figura que los enseñe y los guíe, bien por que en casa no se habla del tema o por que culturamente se tratá de un tabú.

En casa los padres (o figuras cuidadoras) hablan poco o nada de sexo y de sexualidad con sus hijos. Si lo hacen es torpemente, con prejuicios y miedos a afrontar claramente el lenguaje sexual, o con una idea preconcebida de lo que su hijo o hija debe hacer (el hijo demostrar que es un machote y la hija protegerse de que nadie se aproveche de ella).
De cómo los padres hablan de sexo con sus hijos(o no) dice mucho de cómo estos padres viven sus propias sexualidades.
Afortunadamente, cada vez son más los padres conscientes de afrontar una crianza más libre y, por tanto, una educación sexual más integradora, saludable y natural para sus hijos.

En las escuelas se trata de ofrecer una educación sexual, lo cual es muy positivo, aunque suele estar rodeada de incomodidades y risas nerviosas. Al menos en mi colegio la llegada de este tema era recibido con carcajadas chulescas, risitas tapadas por la mano y vergüenzas que imposibilitaban mirar a la pizarra donde había escrito “pene” y “vagina”.

Antes con revistas o con una escapada a otro país para ver la película erótica del momento, y ahora con internet en el móvil, el porno ha sido el “maestro” de gran parte de nuestra generación. Los chicos, ávidos de fuentes de inspiración para sus ejercicios exploratorios, miramos con asombro, curiosidad y deseo las esencias que nos estimulan y excitan, sean mujeres u hombres.
También miramos al acompañante que le da placer y nos comparamos con orgullo o con complejo con sus atributos, su físico y su actitud.
El gran problema que subyace en el consumo de la pornografía es la integración de una forma irreal, superficial y cosificada del sexo y de la práctica sexual con alguien. De mujeres que están creando un porno más atemperado y sensitivo podemos distinguir las visiones acerca del sexo que existen entre hombres y mujeres.

Produce curiosidad (y temores)

Debido a estas carencias educativas la sexualidad y el sexo se convierten en algo secreto, prohibido e intrigante: es un tabú. Y nadie habla de ello claramente, pero todos lo practican en cualquiera de sus expresiones.

El no saber y el no conocer despierta una curiosidad que, en la infancia, es innata y libre, un periodo donde la exploración del propio cuerpo y la curiosidad por el cuerpo de papá o mamá es natural, inocua y necesaria.
Sin embargo a veces ocurre que los papás o las mamás se incomodan o les pilla por sorpresa lo que sus hijos hacen y surgen las frases de «eso no se toca», «no seas guarro» o «si haces eso me voy a enfadar». Y aquí comienzan a producirse las vergüenzas, los deseos censurados o las represiones.

En la adolescencia, ya con los hormonas en ebullición y los genitales operativos, se intensifica esta curiosidad, ahora acompañada de los temores adquiridos en la infancia. Ya no es una curiosidad natural, si no una curiosidad distorsionada que, como decía anteriormente, viene acompañada del porno o de las fanfarronadas de los colegas.
Surgen las “primeras veces”: la primera masturbación, el primer beso, la primera polución, el primer contacto con otro genital… a menudo experimentadas con estupor, miedo, vergüenza, represión o culpa.
Es lamentable que nosotros y nuestros chavales experimentemos el despertar sexual de una manera tan temerosa.

Sumando estos periodos llegamos a la madurez repletos de mensajes contradictorios, con filias que intentan suplir alguna carencia (y que cerca están de convertirse en parafilias), con una visión de la sexualidad alterada y del sexo artificial, mecánico e instrumental. Quiero decir con esto que la experiencia adulta del sexo se suele vivir desde una actitud basada principalmente en el miedo, como gran eje energético que nos mueve.
Muchas son las consultas que recibo en terapia que están rodeadas de una dificultad profunda para vivir el sexo y la propia sexualidad de forma sana y natural. Y esto me dice mucho de cómo nos sentimos al respecto como individuos pero también como sociedad.

Está llena de mitos

A tenor de lo expresado hasta ahora podemos intuir la enorme distorsión y malinterpretación que hacemos acerca del sexo: todos los miedos, los tabués y las fantasías han construido una serie de mitos sexuales debido a que no hablamos con naturalidad sobre el sexo. Hemos hecho castillos en el aire por no poder construir unos cimientos estables en el suelo.

Desde lo que le gusta a las mujeres hasta el tamaño del pene, pasando por el el vello corporal, la forma de besar, el multiorgasmo, el uso de afrodisíacos, las actitudes sexuales… De todo hemos hecho un mito. Y el problema de los mitos es que nos los hemos creído.

Si en algo destacan los mitos es en el aspecto cuantitativo: los mitos se recrean en el tamaño (del pene, de los pechos, de las nalgas, de los testículos, de los pezones, del clítoris…), destacan el ritmo (veces que eyaculas, tiempo que aguantas, orgasmos consecutivos…) y con quiénes lo haces (contigo, con tu pareja, tríos, orgías, parejas diferentes en una noche…).

A mi los mitos me hablan de algo que se ha alterado acerca de algo que no se ha tratado con normalidad. Así de simple. Y creernos los mitos nos lleva a sentirnos en una constante competición para alcanzarlos, lo que puede ser muy frustrante, decepcionante y agotador.

El afecto queda aparte

Finalizo este primer acercamiento a la sexualidad masculina con un aspecto muy presente: el sexo y los encuentros con otras personas para compartirse se viven habitualmente desde lo superficial, lo instrumental, lo genital y lo desconectado.

Superficial porque se tiene un sexo basado en estos temores y mitos tratados anteriormente. El sexo es realizado en función de unas expectativas y no en base a las propias necesidades, los propios límites y las propias deciciones.

Intrumental porque suele tener un objetivo concreto: la descarga, el orgasmo. Se convierte así en un “sota, caballo, rey” donde importa más la meta y no tanto el recorrido. Poder practicar un sexo donde la finalidad no sea el orgasmo y, más aún, no exista una finalidad, se antoja como un proyecto de vida a explorar.

Genital porque se basa principalmente en la estimulación y el uso de los genitales masculinos y/o femeninos. ¡Únicamente los genitales! Señores, tenemos todo un cuerpo para satisfacernos a través de los sentidos, que la palabra lo dice: «sentir». Sin embargo nos obcecamos en las zonas del cuerpo que más tapamos.

Desconectado porque los sentimientos afectivos no están disponibles durante la práctica sexual. Se puede ser un semental pero no se puede amar. Penetrar quizá no pone en riesgo nada pero sentir afecto puede ponerlo todo en riesgo. No hace falta pensar solamente en las relaciones esporádicas del “aquí te pillo…”, pensemos en las relaciones estables monógamas, donde a menudo se refleja también esta dificultad.

Todo lo que sea mantener el corazón desconectado del genital va a proporcionar este tipo de experiencia. Por eso, si queremos vivir una sexualidad y un sexo más profundo, orgánico, global y conectado necesitamos:

  • revisar los temores y fobias adquiridos en la infancia y juventud,
  • desmitificar las creencias limitantes y prejuiciosas,
  • hablar abiertamente sobre nuestra sexualidad y nuestro sexo,
  • revisar los modelos que tenemos sobre el sexo,
  • y ampliar la visión que de la sexualidad y del sexo hemos interiorizado.

No pretendo ser vehemente en mis palabras, tan solo expresar lo que voy percibiendo tanto en la consulta como en las personas que me rodean y, por supuesto, en mi propia exploración de mi sexualidad. Cada persona es un universo único, y no todo es aplicable a todo el mundo. Por ello es indispensable que cada uno hagámos nuestro propio ejercicio de investigación y contrastación.

Creo que cada uno tenemos una sexualidad muy valiosa digna de experimentarse libremente (respetando la sexualidad de los demás). Somos curiosos por naturaleza, pero en el terreno del sexo no hemos quedado atrapados en una cultura del miedo y el silencio. Así que sigamos este camino de valentía y de hablar a voces sobre el sexo.

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